Quería, en realidad, que todo fuera mentira y enigma, fantasía e ilusión, de manera diferente como me contemplaba delante de los espejos (Marta dibuixa ponts)
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Primer capítulo

Yo también fui joven … Y no hace tanto tiempo, aunque parezca lo contrario. Os lo puedo asegurar! Era otra época, ya lo sé … pero también éramos felices! Y también teníamos problemas, alegrías, conflictos y esperanzas. Era, en definitiva, un tiempo diferente que de seguro le resultaría bastante parecido al de ahora, al vuestro. Con sus diferencias, claro, con sus cambios, con una evidente distancia, pero en el fondo, igual, igualito. Ahora ya no me gusta salir de casa, ya me veis, con las piernas bajo la mesa camilla, junto al fuego, porque las piernas no tienen la misma fuerza que antes … Y es que fuera, en la calle, hace mucho frío, no lo habéis notado? Seguro que esta noche cae nieve, mucha nieve, copos blancos, flores de hielo … hace tiempo que no cae en este pueblo! Las cosas ya no son como antes, cuando hacía frío de verdad e íbamos a dormir con el deseo de que al día siguiente no hubiera escuela, porque no podíamos ni abrir la puerta! Y a la escuela no, no íbamos … y venga la nieve, la nieve a espuertas, a manos llenas, todo blanco, todo oscuro al mismo tiempo, con poca luz … Y abría la ventana, sin que la madre se percatara y sólo veía la nieve y venga nieve y más nieve, y el cielo muy blanco y denso … Gritaba mi hermana … Sara, que no ves como cae! Y hala! De nuevo a la cama, a sentir nuevamente el calorcito de las mantas encima de mi cuerpo. Porque las mantas de antes pesaban, no como las de ahora, que ya veis, que no son mantas ni son nada. Parece que sean de papel con sus cuatro pelillos y. .. las de antes eran de lana, las saflades, que ya no decís esta palabra, y calentaban realmente … era otra cosa! Había días de invierno que mi madre nos ponía tantas encima que nos levantaban con la sensación de haber sufrido una paliza … Un dolor dentro, los huesos, por la opresión que habíamos soportado durante toda la noche. Pero nosotros, calentitas, eso sí. Iba … con esto de la nieve, que caía y caía durante toda la noche. Ahora recuerdo. Una vez, mi hermano mayor, el abuelo Andrés, del que os he hablado otras veces, no pudo volver del teatro donde había ido por la tarde, para ver alguno de esos divertidos sainetes que a veces hacían en el pueblo los domingos por la tarde. Mientras estaba en el teatro, no paró de nevar, y nevó tanto, que apareció casi un metro de nieve en la calle que les impidió incluso abrir las puertas. Cuando había comenzado la obra ya estaba nevando, pero nadie podía imaginar que en una horita larga cayera tanta nieve. Finalmente consiguieron salir por las ventanas y fueron a las casas más cercanas, porque para venir a casa de nuestros padres había de cruzar el camino que unía la casa con la carretera, y este acceso, en cuanto llovía o pasaba cualquier otra cosa, era imposible pasar. Recuerdo que no había el asfalto que tenemos ahora, no, ni nada parecido … pero todo era tan bonito, tan blanco cuando nevaba … qué recuerdos! ¿Qué sueños de infancia! Jaume, hijo mío, ¿quieres comprobar que esté bien conectado el cable de la estufa … hace un frío para morirse y noto que me entra en los huesos … Y hago caso a los sueños,a  los recuerdos del pasado … ya, ya veréis como tengo razón, que a mis setenta y cuatro años, he visto de todos los colores …

Yo era una joven como las demás, eso sí, muy presumida y bien puesta. Decían que daba gusto verme cuando me arreglaba para salir a la calle. Porque aunque sólo tuviera catorce o quince años, ya me pintaba … y tanto que lo hacía, pero muy discreta, para que nadie dijera cosas de mí extrañas, cosas feas que yo oía decir de otras chicas del barrio … que si Pepita parece un pendón con los labios rojos, que si Paquita se ha tirado en la pila, como la madrina, y mira tú qué ropas más ajustadas y todo eso. El vestido, muy largo, porque no se me viera más arriba de los tobillos, la correa, bien ajustada, con el pliegue del vestido bastante suelto, sin marcar mi cuerpo. Porque yo estaba, y todavía estoy, un poco rellenita … ya sabes las manías que siempre tenemos las mujeres: pensar que todos te miran como si fueras un saco de manzanas o naranjas. Mi madre, la abuela Antonia, siempre me había puesto fajitas, de esas que aprietan las carnes desde niña, porque ella decía que así no se me haría barriga, como al padre, que él sí que parecía no sé qué , con esa cintura que le impedía atarse los zapatos … Bien apretada y bien tapada, así me gustaba pasear por el puente, para ir al centro del pueblo. Y yo sabía que me miraban, pero disimulaba. Nunca me ha gustado sentirme observada … y menos por un hombre! Ninguno se atrevía a decirme cosas atrevidas, porque enseguida yo desaparecía: mira Eva, qué gusto da! Como su madre, cuando era joven! Qué dices! Ya quisiera la señora Antonia haber tenido la mitad del gusto que tiene la chica. Si parece una señora!

No teníamos agua en las casas … estábamos en la posguerra; aquella guerra, la maldita guerra que ahora estudias en las clases como algo lejano, extraño y que a mí, como a la gente de mi época, nos tocó vivir. MI padre había muerto en el último bombardeo de los aviones alemanes, de metralleta, porque los fascistas de aquí no tenían, ni aviones ni vergüenza, ni nada de nada. Mi padre murió mientras intentaba ir al refugio después de haber salido del trabajo. Pobre Juan, mi padre, que poco tiempo estuvo con nosotros! Yo era la menuda, la menuet, como decía él, porque no sé si sabéis que era de Alicante y cuando me llamaba decía, la menuet, donde es mi menuet, y otras cosas que decía que a mí me hacían gracia y a mi madre no: tanto tiempo en este pueblo y todavía no sabes hablar bien, y es que mi madre ya me decía que no me casara contigo, que no tenías ni oficio ni beneficio y que eres un vago, un auténtico malhechor , como todos los de tu pueblo, que sólo sirve para pasear, alicantino, borracho y fino … Mi madre siempre regañaba a mi padre porque no llevaba a casa el dinero que ganaba en la fábrica, decía que había pagado la comida de esa semana y no sé cuántas cosas más, pero ella, la pobre Antonia, sabía que no era así, que lo habían visto en el casino, que el juego era su perdición. Los cuatro hermanos los mirábamos, los escuchábamos y no los entendíamos. Sólo sabíamos que vivíamos en una casa sin agua y que había que ir a la fuente dos veces al día para llenar los cántaros y lavar la ropa, que eso sí que me gustaba … porque ni Sara ni Teresa, ninguna de mis hermanas, querían hacerlo. Y yo sí; metía toda la colada dentro del cubo, con la sosa y el cepillo, y camino hacia el río, hacia el lavadero que hacía poco tiempo había inaugurado el alcalde, don José Llorens, en honor a todas las mujeres de este pueblo que se resistieron al poder de los rojos … yo había ido ese día y no entendía qué quería decir con todo aquello de los rojos arriba y los rojos abajo. Y a mí, ciertamente, me apetecía llevar el vestido rojo que la madrina, la señora Paca, la panadera, que era también madrina de la Paquita, mi amiga, de quien os he contado que hablar mal de sus maneras de vestir ajustadas … pues, eso, que ella me lo había regalado, cosía muy bien, es cierto, con unas manos por las que pasaba el hilo de una manera que, sin querer, hacía unas blusas y unos vestidos que por ello creo que todas las mujeres de la calle querían que fuera la madrina de sus niñas. Y así, ya me veis allí con el vestido rojo, tan bonito, en el día de la inauguración del lavadero que en el fondo, no era sino una acequia, una balsa bien preparada para que las mujeres nos dejáramoslos riñones … Y don José venga decir que si éramos el futuro de la patria y otra vez que si los rojos no habían podido y que … en el fondo, tonterías para obligar a las mujeres del pueblo a lavar la ropa a los hombres, como él … que seguro que su mujer se pasaba el día almidonado la camisa … que don José era de los del cuello estirado, que mi madre ya me lo decía, y que ella, doña Rosario, que para mi madre era Xarito, la pescadera-su familia había vendido siempre pescado en el mercado, aunque luego decía que su padre era de la marina mercante, ya se sabe como soplan algunas en caldo helado-, siempre una desgraciada, con una cara de angustia, de sufrir, que mientras el hombre decía aquellas palabras yo me la imaginaba con el cepillo cara al lavadero y don José con la correa diciéndole, venga, venga, más fuerte, más fuerte … Todo esto, como podéis imaginar, lo pensaba por dentro, por fuera me mantenía calladita mirando el espectáculo del alcalde y las bocas pintadas de las señoras ricas del pueblo que iban a una inauguración que les importaba poco porque seguramente no irían en ninguna ocasión a doblar los riñones … sus criadas, sí, claro, pero ellas … También veía como me miraban algunas de estas mujeres de buena familia, que miraban mi vestido rojo y decían-lo escuché-, mira la hija de la Antonia, que parece, y eso que no hace un año de la muerte del padre … pero, mujer, si se ha puesto el color del padre … y la hija se ve que también es atea … y endiablada como toda la familia! Un vestido rojo para el duelo, sí señor, qué educación les da Antonia! Eran tiempos de odios, de venganzas, de envidias por una cosa o por otra, porque la guerra había terminado, pero las diferencias seguían igual y, como siempre, los más perjudicados eran los que no teníamos nada, que ahora por rojos, hoy por ateos, ahora por vivir del campo … eran motivos de agresiones por aquellos estafadores que eran muchos de los ricos del pueblo … Las mujeres seguían hablando … pobre Antonia! qué cruz tuvo con su marido y ahora, ya ves, la hija pequeña ha salido como el poco suelta … Y yo no hacía caso; por delante, me alababan, qué bonita has venido, hija!, Por detrás, me criticaban. En mi cabeza solo pasaba la idea de venir pronto con la ropa de casa y lavarla, con mi cepillo y la sosa. Porque el lavadero había quedado bonito y el lugar, a orillas del río, era un prado precioso, con el césped en medio de las piedras, el agua clara, las flores, un lugar donde podías sentarte horas y horas esperando que la ropa se secara. Cuando llegaba a casa ponía muy buena cara, con las mejillas rojas por el sol que me había cogido y la ropa bien perfumada en el brazo. Mi hermana Sara prefería quedarse en casa con la madre, con la comida, con las otras cosas de casa, yo prefería salir, al aire, al cielo, las nubes, el río, las calles. Me gustaba ver la gente que iba por el pueblo y yo me veía una más, camino abajo del río, por debajo del puente, con mis herramientas y mis canciones, porque me gustaba cantar, claro, unas melodías de enamorados : las canciones de antes no eran como las de ahora! Aquellas sí que tenían ritmo y letra y amor, mucho amor y pasión, y algunas … no sé qué cara harían las amigas de doña Rosario cuando las oyeron, porque todo era corazón, tu cuerpo, tu pecho y morir por ti, amor mío. Seguro que las escuchaban a escondidas, y que lloraban, como lo hacía yo, no tengo ninguna duda! Pues eso … camino abajo y nunca-lo puedo asegurar! – volvía sola … siempre había algún joven que me pedía atenciones, que me decía que si me ayudaba, que estaba muy bonita, que me había visto el día de la fiesta mayor y que como me decían y que no puedes subir el camino con todo este peso y que te ayude. Yo, de una manera disimulada, me hacía la indecisa, decía que no podía aceptarlo, que no te conozco de nada, que a mi madre no le gusta, que qué pensarán las otras mujeres del lavadero si me ven contigo. .. pero al fin aceptaba, y tanto! Me ahorro el peso del cubo lleno de tela, la ropa mojada pesa más, ahora con las lavadoras … no lo sabéis, no lo habéis conocido, pero es cierto. Los jóvenes que me acompañaban, con la cara que ponían, estoy segura de que se arrepentían, porque yo jugaba con ellos y les decía que tenía prisa, que teníamos que llegar temprano porque mi madre no notara nada, porque si supiera que me acompañaban … Y ellos con la lengua fuera y hacia arriba y que … cuando nos volveremos a ver, qué día, a qué hora, y yo decía que mi madre no quiere que salga, que soy muy joven, que todavía llevamos luto por el padre y que … que no me gusta ninguno! La verdad es que dejaban bastante de desear, esto os lo puedo contar porque sois gente joven y me entendéis, en aquella época no se lo podría haber contado a nadie, ni a mis mejores amigas Paquita y Pepita, porque no sé que hubieran pensado de mí, aunque ellas me contaban otras. Los chicos me eran asquerosos, sucios, con olor, aunque se pusieron mucha agua de colonia, pero no me llenaban de gozo, no, que no, que no los quería. Pero me venían bien, ¿no creéis? Al fin y al cabo, ellos eran los que querían ayudarme … y yo me dejaba llevar. ¿Qué hubieses hecho tú, mi Mireia?