"Me ha parecido que Nápoles es un personaje casi tan importante como la protagonista" (M. Antònia Oliver)
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Prólogo

(a cargo de M. Antònia Oliver)

¿Qué olor tienen las manzanas verdes? Parece que debe ser un olor un poco ácido, un olor amarillento aunque sean verdes, pero a Marta dibuja puentes le huelen a ternura. Marta-y Carlos Cortés por su boca-describen la abuela con grandes mimos hasta el punto que la protagonista guarda con ella las cenizas de la abuela para que le hagan compañía. Y son estas cenizas las que huelen a manzana verde, olor de muerte tierna.

Kathleen McNerney, una amiga común-de hecho Kathleen me presentó Carlos hace unos años, un día me preguntó por qué en mis novelas siempre sale una abuela, una nodriza o una mujer vieja, generalmente buena mujer, llena de sabiduría popular, que ayuda a las o los protagonistas. La sorpresa me dejó de piedra: yo no me había dado cuenta, lo debía haber hecho / escrito inconscientemente, pero era cierto. No hace mucho leí una entrevista que habían hecho a Carlos Cortés, él no había conocido ninguna de sus dos abuelas, que escribía sobre ellas-en su novela anterior, Voz de mujer, es una abuela que explica sus vivencias-por añoranza de abuela. Y he aquí otra sorpresa: yo tampoco había conocido a mis abuelas, quizás también tengo añoranza de abuela.

Pero Marta dibuja puentes no es una novela de abuelas. La abuela de Marta es el hilo conductor de una historia mucho más compleja, que pasa en Alicante y en Nápoles, una historia vivida-y vista y sentida y sufrida y gozada-sobre todo por Marta, pero también por sus amigos a través de ella, por su amante, por sus recuerdos y, muy especialmente, por Nápoles.

Me ha parecido que Nápoles es un personaje casi tan importante como la protagonista, que los amigos y los amantes napolitanos de Marta son respiraciones de la ciudad que Carlos nos quiere mostrar y que nos hace experimentar con una plenitud de gran novela . Riccardo que busca belleza en los contenedores, Sandro que regala a Marta una acuarela con un puente, sor Mercedes y sus ángeles, Fabrizio, el amante, un sinvergüenza, dominante, descarado, que consigue de los otros lo que quiere sin pedirles nada, un chico que huye de los problemas, el ángel del cabello engominados que odia la ciudad y la mamma … y Marta entre todos estos aliens de la ciudad, encima de los tejados de este Nápoles cotidiano, en las calles donde hay turistas y en las que sólo hay napolitanos, haciendo sus clases, escribiendo su novela, en fin , dibujando sus puentes que le ayudarán a atravesar la vida.

La vida que también pasa por Alicante. Por sus padres que no se entienden, de los cuales ella ha huido dibujando un puente que la ha llevado hasta Nápoles por casualidad, y que acaban separándose-y esta separación le hace prever la suya de Fabrizio-. Del compañero de escuela Valentín, su secreto de adolescente que nosotros, los y las lectoras conocemos desde el comienzo pero que ella no quiere confesar. De su amiga Elena, de quien también ha huido y que, al reencontrarse, también por casualidad, ve que ha puesto de nombre Valentín a su hijo. Casualidades, secretos, puentes: el círculo se cierra. Marta vuelve a Alicante porque  Fabrizio ha huido en un barco y ella, en lugar de odiarle, comienza a odiar Nápoles. Pero también vuelve a su ciudad para recuperarse a sí misma.

Y así, con un puente tejido por Carlos Cortés entre Nápoles y Alicante, esperamos que algún día lo podremos traspasar con nuestras abuelas literaturizadas.