"sé que, detrás de cada problema, de cada angustia, hay una pequeña prueba para crecer en la vida, en nuestra existencia" ( Marta dibuja puentes )
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Primer capítulo

Una nota en el periódico. Así fue su último adiós. Una breve nota que publicó el padre en la prensa local y que me envió por carta un poco más tarde. Porque yo era extranjero y él no quería romperme el nuevo ritmo que había comenzado. No fui al entierro de la abuela. Siempre lo he recordado estos doce años que han pasado. Ahora está muerta, bien lejos. Ya no me puede oír. No me puede escuchar, tampoco hablar. La nostalgia de su voz, fría y cálida al mismo tiempo, que siempre me acompañaba cuando llegaba a su piso, después de salir del instituto, cuando aún no había cumplido los quince años. Era una casa mágica, un espacio distinto, magnético y atractivo, que favorecía mi bienestar, la imaginación al servicio de mi mente de adolescente que quería llegar muy lejos. En unos límites distintos en los que se movía mi vida. Soñar despierta, crear ensoñaciones sobre las cosas del día a día, romper con las pautas lógicas en las que iba creciendo.

Quería, ciertamente, que todo fuera mentira y enigma, fantasía e ilusión, distinta cómo me veía frente a los espejos. No me gustaba como era, ciertamente, pero su compañía, la de aquella mujer que en silencio siempre me había querido, me hacía sentirme bien, aunque fuera durante aquellas tardes en las que la visitaba. Cortas estancias en el borde de una mesa en el salón donde yo hacía mis deberes y ella me vigilaba, discretamente, sin ningún tipo de ruído … Mi abuela, la señora Dolores. Sólo queda en mi recuerdo el recorte pasado de su muerte. Una imagen que queda marcada en mi memoria. Entre los papeles que he traído de Italia, este minúsculo recorte del periódico. Su muerte, mi inicio en la vida.

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Murió al poco tiempo de mi viaje. Su asistenta la encontró la durmiendo y no la pudo despertar nunca más. Se había ido, como había vivido, sin ruido, con el silencio del tiempo. Sin ilusiones porque las piernas ya no le servían como antes. Y había mantenido el silencio de mis palabras y de mis secretos de adolescente, porque me había descubierto en muchas ocasiones, con la presión de la calidez de su mano que nunca podré olvidar. Me enteré a través del escrito que mi  padre me envió a Nápoles. Era la primera carta que recibía de mis padres desde que había llegado. Las letras de mi padre venían acompañadas de la nota necrológica en una caja roja hermética con la mitad de sus cenizas. La otra mitad había sido lanzada al mar. Y dejé aquella caja para siempre encima de las mesas de trabajo que he ido teniendo, porque siempre las tuviera cerca, bien cerca. Y ahora están aquí nuevamente, encima de esta mesa, la caja roja me ha acompañado en mi regreso definitivo a Alicante. La caja que guarda mis secretos que, de vez en cuando, durante los últimos años, he abierto y me han hecho recordar el cariño de mi abuela. Ese olor suave de manzana verde que siempre he sentido en su interior, hasta que Mercedes, la directora del centro privado donde trabajé los últimos años en Nápoles, me lo contó, que los ángeles de las personas queridas que habían muerto, olían a manzana verde cuando se acercaban … No sé si es un hecho habitual mantener las cenizas de un familiar muerto, olerlas y notar algún tipo de aroma, pero, esta ha sido mi costumbre desde que mi padre me las envió. Quería que yo las lanzara desde el otro lado del mar, desde Nápoles, porque la abuela me había querido y así lo hubiera querido. Ellos lo habían hecho desde el puerto de Alicante, desde el punto exacto donde más de cincuenta años antes mi abuela había visto partir a su marido, en un barco del ejército republicano. No volvió a tener ninguna otra noticia suya, tan sólo una breve nota del gobierno que le avisaba de la muerte heroica de su marido cuatro meses antes de nacer su hijo. Desde que se había marchado a vivir a Alicante, la señora Dolores siempre había ido al puerto cuando el sol caía, para ver una vez más el barco que se había llevado el marido para siempre. Por ello, nos había dicho que, cuando muriera, quería volver como la ceniza al agua que se había llevado a su Jaime, que no conoció a su hijo.

Les mentí, mis padres siempre creyeron que el puerto de Nápoles había sido el destino final de esas cenizas. He dejado su caja encima de la mesa donde estudiaba cuando era una niña. Me imagino que ella está aquí, detrás de mí. Me mira como escribo estas palabras. Nos vemos a través del espejo que ha estado todo este tiempo en la pared que apoya la mesa. Dibujé en mi mente el sillón donde se sentaba, al borde de la ventana y observé como hacía ganchillo. Me alcé y observé  el viejo espejo, y mire mis ojos, mi cara, la imagen que ella vería si estuviera detrás de mí. De una manera mágica, las cenizas han volado de la caja hermética que he dejado sobre la mesa y han reconstruido su cuerpo, su cara. Mi imaginación … Una imagen que no volví a ver nunca más en mis visitas a la familia.

Cada año, cuando regresaba por las vacaciones de Navidad y de verano, sólo podía visitar a mis padres, que se habían quedado solos después de su desaparición. Al igual que yo, eran hijos únicos. Parece que siempre estamos abocados a tener una escasa descendencia en nuestra familia. Sin embargo, la falta de hermanos o de primos no representó para mí un hecho destacable, tampoco en mi infancia. Mi abuela fue, sobre todo durante mi adolescencia, una fuente de afecto continuo que suplía, en muchos momentos, las diferencias importantes que empezaba a tener con mis padres. Los años siguientes, con los estudios de la universidad, las nuevas amistades, las nuevas ocupaciones, fui alejándome de su cotidianidad. La visitaba, sí, pero otras personas empezaban a formar parte de mis vivencias. Fueron, por tanto, los años del bachillerato los momentos en que tuvimos un vínculo más estrecho. Mi madre, que trabajaba durante todo el día, como también mi padre, decidió que pasara las tardes en su casa, para que me obligará a estudiar. Siempre había sido una buena alumna pero parece que la venida de mi adolescencia hacía sufrir a la señora de la que yo había heredado el nombre, mi madre, Marta. Un nombre que, con sinceridad, me gustaba más que el de mi abuela. Un nombre demasiado antiguo, más clásico para personas mayores, Dolores …

A diferencia de mi relación con la madre, fue mi abuela la mejor amiga que tuve durante mucho tiempo. Y ahora, después de tantos años, cuando he vuelto definitivamente de una larga estancia en Italia que nos separó, he querido recuperarla en mi memoria. Una vez que me he instalado en la casa donde vivió, con su recuerdo, he encontrado el pretexto para dejar escritos mis recuerdos, las vivencias de un buen puñado de años en los que he estado huyendo constantemente de los conflictos. Una vez murieron mis padres, decidí vender su casa: nunca me había gustado. La casa de la abuela siempre me había traído mejores recuerdos. Aquí podré superar mis angustias; tengo que ser fuerte, como ella lo fue. De la misma manera que durante los problemas de mi adolescencia, con su ayuda, los superé, ahora, con su recuerdo, lo volveré a hacer. Seré valiente y decidida y ganaré de nuevo la partida. El juego eterno al que la vida nos aboca. Creo firmemente en el destino, siempre he creído, porque sé que, detrás de cada problema, de cada angustia, hay una pequeña prueba para crecer en la vida, en nuestra existencia. Ahora he tenido una nueva. Un nuevo reto en el extranjero. Tengo que mantener la esperanza. Es necesario que, con su recuerdo, recupere las fuerzas.

Un nuevo aliento para vivir.