Prólogo
Los silencios de María es una historia de terror, con una voz fantasmal que habla al oído de un maltratador LOSC y contumaz, hasta convencerle de que se mate, y que lleve una huérfana de madre a atar todos los cabos que permitan consumar una venganza, tan efectiva como parcialmente injusta, desde el más allá.
Los silencios de María es, igualmente, una historia de desarraigo de hombres y mujeres dentro del propio país-el Alacantí-y de la imposibilidad de huir por mucho que rodees por el mundo antes que el destino te obligue a llegar al borde. Pero es también una historia de redención con final agridulce y elementos prestados del folleto, sin truculencia ni groserías, gracias a los claroscuros y los matices a la hora de justificar las conductas de los personajes. Unos personajes que no son de cartón piedra, sino que deben crear una actitud moral propia frente a ellos mismos y los demás contra el entorno, el extrañamiento, y el hado. No es raro, pues, que, quien más quien menos, se vea obligado a tirar derecho y se salte los preceptos de la conocida dicha sobre los fines y los medios, que tan alta rentabilidad ha tenido para los poderosos de siempre. Que la víctima sacrificial del argumento acabe siendo un pobre diablo que ha recibido por casualidad a causa de los estragos de unos padres calamitosos, las aspiraciones de una chica y del despotismo patriarcal de unos comerciantes arábigos, justificaría el criterio de injusticia parcial mencionada al comienzo. ¿Por qué narices, se preguntará el lector compasivo, el moro irredento debe continuar manteniendo su harén, allí, en Dubai, y su mujer-víctima debe poder disfrutar de una venganza post mortem tan redonda, a costa de un tercero que hace Galdós papel de chivo expiatorio en el choque entre una cultura machista y la mujer seducida por el macho que la representa? Claro que siempre podemos considerar que el autor se ha dejado llevar por una estrategia retrojusticiera a favor de la mujer y decirnos que, en definitiva, los hombres no tienen remedio: o déspotas medievales o maltratadores domésticos. Porque Los silencios de María es, también, una historia de cómo puede llegar a ser infructuoso el diálogo intercultural cuando los representantes del paradigma socio-cultural, a ambos lados del Mediterráneo, el buen cristiano o el árabe infiel, están representados por el género masculino.
Pero, claro, las cosas no van muy bien por aquí, en esta novela, a menos que consideráramos que el autor es inocente. Y ya hace demasiado tiempo que sabemos que lo primero que debe hacer un escritor para convertirse en autor es dejar la inocencia al cuarto trastero. Por tanto, como que Carlos Cortés no tiene un pelo de inocente, habrá que convenir que es la voz narradora que quiere hacerse pasar por inocente. Y es aquí, precisamente, donde el autor desafía al lector atento, porque esta voz narradora actúa como un deus ex machina que lleva la acción a un happy end en forma de reunión de dos hermanas que se han ganado el derecho a una felicidad posible contra la despiadada vida gracias a que la compasiva muerte reunirá en el más allá dos esposos que no supieron encontrar la felicidad en este mundo mezquino. Al tanto, pero, como diría un castizo. Porque el autor sí que proporciona al lector, a través de los meandros de la trama, de la estructura compositiva, y los mencionados claroscuros de los caracteres, suficientes elementos para poder juzgar la intención última de la voz narradora y ver la protagonista bajo una luz contrastada frente a la exposición excesiva a la luz alicantina o pérsica. Dicho de otra manera: a través del fantasma charlatán, el buen lector sabrá ver una mujer a la que quisieron hacer callar demasiado.
Dicho esto, el lector atento no debe dejarse engatusar por las artes.
Julià de Jòdar (Barcelona, presentación del 27.11.2009)