Primer capítulo
Un llanto. Un grito ahogado por el cojín de la cama que te han asignado. Te das cuenta de la evidencia: ella no está. Héctor, estás solo, completamente abandonado. Tú has tenido la culpa. No es necesario que llores, no. Deja pasar el tiempo y escucha el ruído del viento a través de las rejas de la ventana. Un marco de aluminio que cierra tus esperanzas, que te impide volver a la vida anterior. De nuevo, silencio. El viento ha parado y, con este, tu llanto. No escuchas nada. Ningún elemento sonoro que perturbe la tranquilidad del lugar. Un aspecto misterioso que se ve incrementado debido a que la niebla haya impedido durante todo el día que veas el sol. Un hecho extraño en la ciudad donde nos encontramos, donde el cielo es siempre claro. La prisión de Fontcalent, donde estamos en estos momentos, es en medio de un espacio baldío, donde las nubes pasan con mucha celeridad. Es una zona de viento donde nunca llueve y, cuando lo hace, las ramblas llenan de barro los caminos y las carreteras. En el edificio donde estás hace mucho calor en un día como hoy: ha soplado viento de levante y una inmensa cubierta de neblina ha impregnado de humedad el aire de tu celda. La nube que ha llevado el aire del este tiene escasa altura, es por eso que no puedes vislumbrar, a través de la pequeña ventana, la silueta de la sierra que da nombre al penitenciario. Desde el primer día que entraste en prisión preventiva, hace tres meses, te ha gustado cada día observar la silueta de la cima. Sentirte espectador del exterior, desde el marco estrecho que renueva el aire que respiras.
No sabes si es a causa del tiempo, pero la verdad es que hoy no te sientes bien. Has pedido no salir al patio esta mañana y quedarte cerrado con llave. El sol te gusta: es la única compañía que te ha quedado durante los meses de aislamiento. Su ausencia te ha provocado dolor de cabeza, también el recuerdo de tu mujer. El dolor no es provocado por el sufrimiento de estar cerrado, en absoluto. Has decidido apartarte del mundo. Sin María, no tiene sentido luchar por ser libre. Es cierto que podrías haber pagado la fianza, de hecho, tienes unos ahorros que le permitirían continuar fuera mientras estuviste pendiente del juicio. Pero no lo quieres hacer, lo tienes bien decidido: te quedarás aquí el resto de tu puta vida. Ahora que ella está muerta, lo tienes claro. Quieres pasar el día en la cama y no hacer nada más. Sin embargo, no puedes ni imaginar que una visita desconocida e inesperada te romperá esta tarde la paz que ahora sientes. Dejamos pasar unas horas, el tiempo justo para que todo comience. Saboreas la fuerza del silencio, la auténtica.
Son las seis de la tarde. Es la hora de las visitas al centro penitenciario. En una habitación pequeña, con una mesa en medio y dos sillas, entras por la puerta y te encuentras una joven sentada delante del asiento que queda vacío. Esa silla es para ti, Héctor, no hay ninguna duda. No sabes los motivos reales de la visita que te ha dañado la deseada soledad. A la hora de comer, te han avisado: una asesora nueva de la gestoría donde trabajaba quiere hablar contigo. Será tu sustituta? No, no tienes ganas. No quieres volver a ver a nadie de aquel maldito despacho donde has estado recluido durante tantos años sin ver el sol. A pesar de la sorpresa del aviso, has aceptado la visita. No sabes muy bien por qué lo has hecho. Pero, ¿quién es esta mujer que te espera? Una persona, en definitiva, que quiere hablar contigo. Querrá informaciones sobre algún asunto que llevabas entre manos hasta el último momento. No buscará saber secretos de tu pasado? Con el interrogatorio de la policía, ya tuviste suficiente. No, esta muchacha no parece un detective. He aceptado porque ya hacía tiempo que no hablaba con nadie de la calle. Desde que entraste, nadie ha venido a verte ni tampoco para saber cómo estabas. Tampoco tu hija, Sandra. Te sientes solo y decepcionado, como un ermitaño en medio de la sierra, fugitivo de tu pasado, tu presente. Finalmente, te sientas mientras escuchas la dulce voz de la visitante:
-El señor Héctor Soler, supongo.
-Yo mismo.
Una corta respuesta ante la incertidumbre de la identidad de aquella morena de pelo largo que ha venido a buscarte. Sólo sabes que se ha identificado a los vigilantes de la cárcel como asesora y compañera de trabajo tuya, pero no la conoces.
-Soy Laura Ferrer.
-Mucho gusto, señorita Ferrer. No tengo el placer de conocerla, pero me han dicho que está cubriendo mi baja … digamos voluntaria. No han dejado pasar demasiado tiempo sin enterarme. Al menos, usted difrutará más que yo en aquel oscuro despacho.
Ferrer. Laura Ferrer. Un nombre que inspira confianza, que te llena de recuerdos de mujeres bellas. Como tu mujer, pobre María, cuando la conociste era tan alegre como la chica que ahora tienes delante. No, Héctor, ésta no es María, es Laura, Laura Ferrer, y hace tu trabajo, al que tú ya no volverás, porque no quieren saber nada de ti. Muéstrate a la defensiva, ella ha venido a sacarte información, como todos los que te han hablado desde la muerte de tu mujer. No puedes olvidarla, dentro de la cárcel, después de su desaparición, has querido dejar de pensar en ella, borrar el tiempo pasado. No lo has conseguido aún: la imagen de la joven visitante te ha recordado de nuevo su cara. Una brizna de esperanza ha iluminado tu mente. Aunque sus primeras palabras, no acabas de aclarar quién es esa mujercita que viste con elegancia, que se sienta en la silla de enfrente y que deja abatir sus brazos encima de la mesa que ambos compartís. Parece que quiere estar cerca de ti, tocarte. Un deseo voluntario de contigüidad, de confianza, con una mujer que es la primera visita que recibes en ese odioso espacio. Una persona que se ha interesado por ti! Una extraña compañía, cierto.
-Muchas gracias por su amabilidad. Tiene toda la razón, pero no sea distante conmigo. No nos conocemos, es verdad, pero usted …
-Puedes hablarme de tú. Es más, te lo pido, por favor … Me han dicho que eres asesora de la gestoría. Supongo que haces mi trabajo.
-Sí, bueno … quedamos que soy asesora. Pero no tengo tus atribuciones.
¿Qué necesitas, pues, de mí?
-Algunas informaciones, sólo.
-Te envía el maldito Pedro? O Félix? Que no encuentra algún documento? Se lo dejé todo listo cuando me echó a la calle!
-Lo sé, señor Soler … bien, Héctor … He podido entrar aquí gracias a él, Félix Asensi, y su socio, el señor Pedro Carratalà. Bueno, te voy a ser franca y directa. He usado el pretexto de tu antiguo trabajo para entrar … No te extrañes, por favor. No digas nada, si te quejas de mi presencia, me sacarán de aquí! Vengo a visitarte como parte de mi trabajo. Me pagan para que te haga un poco de conversación. Sé que es un poco difícil de entender, pero es mi profesión. Soy visitadora de personas, digamos, solitarias … He tenido que dar la excusa de que soy tu sustituta, pero no es cierto. Vengo sólo para hacerte compañía.
-No lo acabo de entender. Has mentido para acercarte a mí? Eres psicóloga y quieres estudiarme como a un animal extraño?
-No, Héctor, no. Es más sencillo que eso. Alguien que se preocupa por ti quiere que no estés tan solo. Me han pedido que te dé conversación, al menos una vez por semana. No es bueno estar sin contacto con el mundo exterior. Desde que has entrado en la cárcel, no ha venido nadie a saludarte.
-Eres demasiado joven para haber visto Desayuno con diamantes, si no diría que te pareces a Audrey Hepburn cuando visita ese mafioso en la cárcel por dinero …
-No, pero me he leído la novela original de Truman Capote sobre la que rodaron la película. No es tan extraño que alguien visite un prisionero …
-Tú y yo no tenemos nada en común. ¿Por qué has mentido para entrar?
-Temía que no aceptaras mi visita. Si te hubieran dicho que era una desconocida, podías haberme rechazado y no habría tenido la oportunidad de conocerte. Ya me avisaron que tenías un carácter un poco difícil.
-Ya veo que Pedro y Félix siguen hablando bien de mí …
-Si estoy aquí es gracias a ellos. Félix no puso ningún problema en hacerme una carta de recomendación de la gestoría para que pidiera esta visita.
-Son ellos los que te envían?
-No exactamente.
-Mi familia? Sandra, mi hija?
-No importa quién me envía. Sólo quiero que aceptas mi presencia un día a la semana. Es lo que me han pedido y lo que me pagan, ni más ni menos … una horita. Podemos pasarlo bien, si quieres. Hablaremos y hablaremos. Romperé tu soledad. Acepta el juego, no tienes nada que perder, solo tu silencio. Será agradable … tengo mucha conversación, ya verás! Un silencio seco entre ambos, nadie habla. Te da miedo perder tu intimidad, tu silencio interior. En los meses que has convivido con otros prisioneros, has hecho pocas amistades. Sólo Estanis, el compañero de celda. Nunca has sido un hombre demasiado abierto, es cierto, pero desde que entraste en ella, no tienes ganas de iniciar conversaciones. Pasas las mañanas en el patio, con los cigarrillos que te dejan fumar. Estanis se queja del olor y tu tos va en aumento. Te ahogas todas las mañanas cuando te despiertas y los reproches del compañero te hacen hervir la sangre. Nunca te ha gustado que te acusen de nada y menos de tonterías, como de fumar excesivamente. Por ello, has soportado mejor de lo que pensabas que te acusan de asesinar a tu mujer, eso sí es un motivo de peso para recibir los reproches de alguien. Estanis empieza a conocerte y, en cuanto le lanzas una mirada de desconfianza, cierra la boca. Quizá te tiene un poco de miedo. Eres un asesino, al menos eso empieza a correr por el patio de la cárcel, un espacio donde, ahora que han pasado los meses del invierno, el sol ha sido tu mejor colega. Sentir su ardor sobre la piel te devuelve el ansia de vivir, de seguir adelante. Un sentimiento que pierdes cuando recuerdas María … Esta chica quiere establecer conversaciones semanales contigo. ¡Qué hecho más extraño! Como una Audrey Hepburn cualquiera que visita un cabrón como tú … Viene a tu mente la divertida escena de la película … Te dejas seducir por la oportunidad que el azar te ha ofrecido y aceptas. Sí, señor, es una mujer joven y muy bella. ¿Por qué no aceptarla? Una nueva amiga. ¿Quizás algo más? Ya no estás en edad de aventuras amorosas. Menos aún con una joven que puede tener, más o menos, pocos años más que Sandra, tu hijita.
-Disculpa que insista: ¿quién te manda? ¿ Quién te paga por venir? Es evidente que no lo haces en vano …
-Claro que no, ya te lo he dicho. Pero no creas que me importa hacerlo. Me parece que ambos podemos ser grandes amigos. Me han dado cinco céntimos de lo que te han pasado.
¿Qué te han contado? Todo son mentiras. Lo sé, todo el mundo me detesta. La familia de mi mujer nunca me ha amado, también los amigos. Pedro Carratalá y su socio, Félix Asensi, siempre me han envidiado. Los clientes me querían a mí, no a ellos, por muchos estudios que tuvieron!
-Tranquilo. No es hora de hablar de tu antiguo trabajo.
-Si mal no recuerdo ha sido el pretexto por el que has venido … no me negarás que ellos han tenido algo que ver! ¡Basta! Ya te he dado mis motivos. ¿Quieres que venga a verte o no?
-Digamos que no me importa. Cuéntame! ¿Qué te han contado de mí?
-Cosas sin importancia … algunos cotilleos que me podrán servir para iniciar nuestra amistad.
-Yo no quiero ser tu … amigo!
-Será mejor que lo consideras. Soy una buena amiga de mis amigos, como una hermana …
-Es obvio que sabes venderte! No puedo decir que no.
-Me han explicado que te gusta jugar al ajedrez. No es verdad?
-No me acuerdo. No quiero jugar con usted.
-Puedes hablarme de tú, Héctor, como me has pedido antes. Tengo una veintena de años menos que tú. ¿Quieres que pida un juego de ajedrez?
-No quiero jugar ni hacer nada contigo, Laura. No sé porque he aceptado tu visita. Debería haber imaginado que todo era una trampa de Félix y de Pedro. Quieren acabar de hundirme! Quieres irte ya? Por favor! Tengo dolor de cabeza. Ahora mismo pediré al vigilante que me lleve a la celda. Y, si me quieres ayudar, vete y no vuelvas. Yo diré que has venido y así te pagarán, pero déjame solo. Si quien te paga no quiere venir, no es necesario que envíe a nadie. Prefiero quedarme solo, aquí tengo amigos. No quiero compasiones hipócritas.
Quieres irte, dejar de hablar con esa mujer que no esperabas. Alzas los brazos encima de la mesa y preparas las manos para levantarte. No has subido el tono de voz en las últimas frases, estás contento, has sabido controlarte. Quizás es la primera vez que no hablas en voz alta. También es cierto que, desde la muerte de María, no te has enfadado con nadie, tampoco con Estanis cuando se queja de tu tos de cada mañana. Cuando el comisario te acusó de la muerte de María, tampoco mostraste ningún enfado. Lo aceptaste sin más. Para los investigadores la realidad era evidente: tú la habías lanzada por el balcón. No lo negaste, loasumiste y no sabes el motivo de tu comportamiento. Quizá porque sabías que, con la desaparición de María, la vida se acababa, dejaba de tener sentido. Ya no te quedaba tiempo para nada más, sólo había que esperar que te apartaras del día a día. Te informaron que entrarías en prisión preventiva, que queda pendiente de un juicio que podía tardar mucho tiempo, pero preferías mantenerte recluido para siempre en este cae rodeado de tierra yerma. Mientras te levantas y tienes la intención de abandonar la sala de visitas, te das cuenta que aún no ha salido el sol. Como de feo es este lugar, sin sol … ¿Quién tendría la idea de construir una cárcel en un lugar tan árido? Al menos, cuando hace sol, tiene un poco de vida … Hoy no ha hecho y, por ello, has aceptado la visita de una desconocida. No tenías otra cosa que hacer, ni en el patio te había apetecido salir. Si hubiera hecho sol, no hubieras aceptado la visita, claro. Quizá habrás paseado.
Laura reacciona enseguida y te agarra con fuerza las manos, mientras busca con seguridad tu mirada.
-No te levantes… No te levantes, Héctor. Todavía no he terminado mi explicación. No puedes ser grosero conmigo. Necesito venir a verte. Necesito conservar este trabajo … Es mi manera de sobrevivir. No eres el único preso que visito. Ya conozco su extrañeza durante la primera cita … Te acostumbrarás, estoy segura, como todos. Podemos ser grandes amigos, Héctor. Sé que tenemos muchas cosas que decirnos me gustaría que nos conozcamos, un poco más, si quieres …
Laura te ha mirado con dulzura. Hace tiempo que una persona, una mujer, no te lo hacía así, con los ojos aguados. Cuando conociste a María, también se mostró cautivadora, segura de sí misma, y con la vez tierna. La visitante es bella; bajo una piel morena se insinúa una mujer que es consciente de sus encantos. Tiene los ojos negros, los cabellos son lisos y los lleva largos. Te sientes atraído por una muchacha que tiene una postura elegante, que debe volver locos a los hombres. Héctor, tú eres un hombre y es normal percibir esta atracción, aunque sea mucho más joven. Observas las formas redondeadas de sus pechos, te gustaría tocarlos. Están los dos solos en este reducido espacio. Podrías hacerlo, pero estáis vigilados, lo sabes. No es normal que un preso toque los pechos a una desconocida. Tampoco tienes claro cómo reaccionaría ella. Por un instante imaginas que quizá en una futura ocasión, en otra visita, si no hubiera otros compañeros en la sala … Un vis a vis, sólo los dos … No podrás hacerlo, no puedes.
¿Recuerdas la juventud de tu hija, la misma que la de Laura … No sabes porque pero obedeces. En lugar de levantarte e irte, haces caso y te quedas sentado. Laura te coge la mano. Te pide que te quedas un poco más, hasta que sea la hora en punto, cuando no tendrá más remedio que irse hasta la semana próxima. El contacto de su piel dulce, como la de una niña, te ha traído recuerdos de la infancia. La primera vez que tomaste las manos de una mujercita eran las de la hija de la vecina, la señora Xelo. No recuerdas el nombre de la niña, pero sientes aún la tibieza de las manos cuando le acompañaban escuela. La madre, que era muy amiga de la tuya, te había pedido si podías ayudarla a cruzar las calle. Xelo limpiaba una consulta dentista desde la primera hora del día y no podía hacerlo. Con el roce de Laura, retoma la sensación de aquella presión de niña pequeña que te premia con fuerza la mano antes de pasar al otro lado de la avenida. Sin la madre, tenía miedo. Aquella niña no tenía pelo, tierna, suave, con olor a jazmín, como toda su familia, que siempre iban perfumados. Como era de distinta la vida en tu casa! Tu padre siempre llegaba bebido a casa, después del trabajo en la cementera. Después de comer se dormía un buen rato de horas en el sofá sin que nadie pudiera despertarle. Todo lo que él tocaba olía, el aliento que desprendía se sentía por toda la casa. La madre se acostumbró: comentaba orgullosa a la vecina que su marido, tu padre, aunque bebía, nunca le había pegado. La respetaba, aunque el aliento, así como la ropa, estaba impregnado de bebida amarga. Un olor agrio de hiel mezclada con el aroma del alcohol barato que tomaba todos los días. Todos en casa se acostumbraban; tú, Héctor, nunca lo hiciste. En silencio, detestabas tu padre. No entendías porque había vuelto de la guerra, después de unos meses de darlo por muerto. Lo habían dejado salir del campo de concentración, le había ayudado uno de los oficiales, un pariente de la familia que había desertado del bando republicano. Si no hubiera vuelto, no hubieras sido concebido. Hubieses nacido en otra familia: tu vida sería bien distinta. No hubieses conocido a María y ahora no estarías encarcelado, habrías hecho estudios y habrías viajado por el mundo. Por culpa de tu padre, que volvió después de la guerra, naciste en aquella maldita familia y toda tu vida había sido una mierda. Ahora te encuentras encerrado, te tienes que resignar, es tu destino, como el de tu detestable progenitor … Un padre asqueroso que olía a alcohol, mientras que tu vecinita parecía un jazmín, que por eso te gustaba cogerle la mano para cruzar la calle … Laura también parece usar algún perfume de flores, una delicada fragancia que te trae recuerdos del pasado, muy lejanos. Por primera vez, desde que estás en el centro penitenciario, te sientes a gusto. Te muestras, pues, un poco más relajado.
-Quiero que tengas ilusión a que llegue nuestra cita. Porque quieres que vuelva, no es así? No tienes a nadie que te busque desde el mundo exterior, recuerda! Sólo yo. Llevaré un vestido rojo … A tu salud. Sé que te gustan las mujeres vestidas con este color, como también sé que juegas al ajedrez … Antes me has mentido. Algunos domingos por la tarde te ibas a hacer una partida con los amigos, de manera que tu esposa y tu hija ya estaban acostumbradas a no contar contigo cuando iban al cine o visitaban a tus suegros.
-Es evidente que has hablado con mi hija! Pero cómo sabes esto de los vestidos rojos de María? Sandra … no puede ser!
-Ya te he dicho que conozco muy bien tus aficiones, tus gustos. Quien me paga me ha dado pistas para que nos conozcamos más deprisa. Había que tener temas de conversación. Sé lo que decías, como ibas a jugar al ajedrez … Quizá no fuera del todo verdad, pero me da igual si mientes! Debemos ser buenos amigos para pasar unas tardes juntos, deliciosas, agradables. Es mejor que dejemos de tener secretos entre nosotros, no crees?
-Yo no sé nada de ti, Laura. Sólo tu nombre y apellido.
-Ya lo irás sabiendo, Héctor. De momento, ya sabes que tengo veinte y cinco años. También conoces mi cara, mis cabellos negros. Te atrae mi mirada, es cierto, me he dado cuenta como vigilas cada movimiento de mis pupilas.
-Usted … tú, qué sabes de mí? Eres una puta? Sí, esto es, alguien quiere reírse de mí y me ha enviado una mala mujer. No te llamas Laura, seguro que tienes otro nombre. Este lo usas sólo para el trabajo … Para joder a los tíos, pero a mí no me tendrás. Os conozco demasiado bien. Sois todas iguales, por dinero podéis hacer cualquier cosa! Muy bien, Héctor, has aprendido. Con el paso del tiempo, has conseguido hablar sin gritar ni subir el tono de voz. Mientras pronuncias las palabras, eres consciente del cambio operado. A pesar del malestar que sientes ante la situación planteada, sigues sentado y observando a la vez como Laura se levanta de una manera muy pausada.
-Creo que aún no lo has entendido. Todo será cuestión de tiempo. Quizá yo no sea la Laura que ahora ves, pero puedo confirmarte que no me dedico a calentar braguitas. Sé que todos lo penséis, el primer día. Os sorprende que alguien pueda ser amable con vosotros.
Aquí dentro sólo encuentras la soledad y yo se la trato durante una hora, el tiempo justo de nuestra visita. Adiós, Héctor, hasta el miércoles. Que tengas una buena semana.
¿Por qué vendrás miércoles y no otro día?
Laura no te oye o, al menos, ha hecho como si no te escuchara. Has pronunciado las últimas palabras con gran sigilositat, mientras bajabas la cabeza, en un intento inconsciente de esconderte, de desaparecer de aquella sala. Tienes un poco de miedo, aquella conversación ha actualizado los recuerdos que querías destruir. Sientes la fuerza del silencio de una sala que acaba de quedarse vacía. Cuando vuelves a levantar la cabeza, el vigilante entra en la cámara y te comunica que debes volver a la celda. La visita ha terminado, Héctor. Hasta el próximo miércoles, cuando tu pasado volverá a reavivar. A lo largo de la semana, podrás pensar de nuevo, un hecho que te aterra. Esperas con impaciencia la noche, para dormir, para dejar de reflexionar, para escuchar el placer del silencio.