"No le he podido avisar" fueron sus últimas palabras." ( "No le he podido avisar!")
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“No le he podido avisar!” (1990)

Cuando enciendes tu lámpara en el cielo, tu luz me da en la cara y su sombra te oculta.
Pero cuando enciendo en mi corazón la lámpara del amor, su luz te da a ti y yo me quedo en sombras.

Rabindranath T. TAGORE

Jaime había salido hacia ese lugar un viernes por la tarde. Sin saber dónde iba, había tomado la carretera que lo llevaría hacia la sierra.

A pesar de la gran circulación, le parecía estar solo. Sólo estaba pendiente de su volante y, del metro y medio que le separaba del vehículo de enfrente.

Muchos kilómetros más allá tomó una desviación hacia la izquierda, donde todo le parecía más oscuro.

El camino iba empeorando, según iba adentrándose, la arcilla se convertía en barro como consecuencia de las últimas lluvias. El coche se tambaleaba por encima de los charcos, mientras el agua que caía hacía plof-plof al golpear el metal del vehículo.

El viento apenas se reavivaba de entre los árboles, sólo algún pequeño soplo movía alguna que otra rama, impidiendo que éstas mostraron siempre la misma forma.

La luz tenue iluminaba reservadamente el camino atravesado, difícilmente pudo vislumbrar unos rótulos que dirigían hacia algún lugar o dirección en concreto. Los cristales, envueltos, aumentaban la pérdida de visibilidad.

A esas horas de otoño el frío empezaba a sentirse. Algún que otro escalofrío le hacía recordar su naturaleza humana. Sin embargo, la fijeza de sus ojos le impedían ver nada más fuera de su campo de visión, ni siquiera aquella luna que salía de entre las nubes, haciendo paz entre las peleas de los árboles.

Si no hubiera sido por aquella pequeña luz roja que giraba constantemente en sí misma, no se habría dado cuenta que delante de él, el viejo puente ya no estaba. Tan sólo quedaba el esqueleto de madera colgando sobre el río.

El espectáculo era muy desolador: unos tablones yacían a la orilla del río, allá abajo, mientras otros quedaban colgados como víctimas del verdugo que les había dejado en esa situación.

Dejó aparcado el coche, cerrando las puertas, pero tuvo que volver, el frío le recordó de nuevo que había que protegerse con un grueso jersey que tiempo atrás él mismo se había hecho.

Mientras se acercaba al bosque escuchaba con más intensidad los gemidos de los gatos, quizá debido al celo de alguna hembra de esta especie.

-Mal día eligieron para ir de fiesta! -murmuraba irónicamente.

Jaime continuó metiéndose hacia dentro, por el camino de vuelta que le había llevado hasta allí. Se perdía dentro de ese bosque que la rodeaba. Sin saber porqué, había algo que no le dejaba volver atrás, tenía que seguir adelante. Ni siquiera las espinas de las aulagas que iban clavándose en su piel conseguían frenar su rapidez.

Pisaba la tierra firme, siempre en línea recta, sin desviarse demasiado, parecía tener muy claro dónde iba. El viento había aumentado, las ramas de los pinos y abetos se entrecruzaban furiosamente, golpeadas por el viento que les impedía permanecer tranquilas.

-Esto es la sierra! -decía entre dientes.

El frío fue adquiriendo mayor importancia, el grueso jersey apenas si le podía hacer frente. Notaba como sus huesos crujían en cada movimiento de sus piernas al seguir avanzando. La piel le parecía tenerla de piedra, al restregar con la tela del pantalón le daba la misma sensación de pasar la mano por el mármol. Pero algo le impedía detenerse.

El camino fue ensanchándose. Se encontró de repente con una especie de círculo meramente definido por la vegetación. Las piedras cubrían ahora la tierra húmeda. Eran losas de un color grisáceo, de las que sobresalía una especialmente, en el centro de esa plazoleta. Allí encima se sentó. La sensación de frialdad había desaparecido, había parado de llover. Incluso un claro se abría por encima de su cabeza. La luna, temblorosa, intentaba florecer por esa ventana abierta. Iluminó tímidamente ese espacio. La soledad que sentía era inmensa. Nada más le acompañaba que sus sentimientos, su pasado. Recordaba amargamente todas aquellos ratos en que se había sentido desgraciado.

Veía la imagen de su madre, como yacía sobre la cama que durante años había compartido con su padre. La blancura de sus facciones, la mirada apagada, los labios heridos de tanto sufrimiento.

¡Madre! ¿Por qué lo hiciste? -gemía  Jaime.

Sabía que nadie podía escucharle. Lloraba amargamente esa inútil pérdida. Margarita, su madre, se había hundido en el pantano donde veraneaban cuando él sólo tenía trece años.

De ella, sólo recordaba su ternura, sus manos dulces que lo cogían cuando lloraba porque los niños de la calle hacían burlar de su nariz prominente. Sabía hacer la comida mejor que ninguna otra madre, de eso no había tenido nunca duda. Pero un buen día, todo se acabó, se queda solo. Solo con su padre, solo.

Las rociadas del aire enturbiaban sus cabellos. Se pasó la mano en ellos.
Nunca podrá olvidar aquella bofetada que le dio sin ningún pretexto:
¿Por qué padre, ¿por qué? -gritaba ahora fuertemente.

Jaime siempre había sido un chico normal hasta que a los diecinueve años comenzaron a desarrollarse en él unas extrañas facultades que nadie se las podía explicar.

Desde ese momento veía las cosas antes de que pasaran. Así, por su cabeza, pasaban a menudo imágenes de acontecimientos del futuro. Muchas veces rechazaba lo visto, culpaba a su imaginación, pero después se daba cuenta de que le pasaba de verdad.

Un día paseando por el parque del barrio se detuvo. Pasaron por su mente angustiosas visiones que le hacían presagiar un terribles suceso. Su hermana Catalina pedía auxilio por la ventana, mientras hambrientas llamas devoraban el interior de la habitación donde se encontraba. Su voz se desgarraba mientras en un llanto incesante se abría paso entre el fuego. Los vecinos acudieron enseguida. Mediante una escalera pudieron sacar a Catalina de ese infierno, mas nadie pudo salvar a su hijo Juan, quien se convirtió en un montón de ceniza sin ningún parecido a un ser humano.Pedro nunca había sido un buen padre, nunca había querido enterarse de los problemas de su pequeño:
-Pequeño mío, pequeño mío, cuánto te quiero! -decía a menudo su padre.
Jaime siempre había desconfiado de estas palabras. Las encontraba vacías de sentimiento.

Jaime volvió enseguida a casa. El teléfono sonó. Era su padre, Esteban, quien le comunicaba la fatal noticia. Se quedó totalmente abatido. Hacía unos momentos que Esteban había llamado, pero él lo sabía horas antes.

Catalina fue privada de una vida normal. Se encerró en una habitación de la casa de su padre, donde aún está. No disfruta del mundo exterior, sólo es feliz allí dentro, donde rodeada por las fotografías de Juan murmura incesantemente aquella canción que a menudo le cantaba:

-La luna, la ciruela, vestida de luto. Su padre, su madre …- siempre se quedaba atascada en esta palabra, después volvía a empezar.
-La luna, la ciruela, vestida de luto. Su padre, su madre …- Se quedaba durmiendo mientras el columpio continuaba balanceándola.

Jaime quedó muy impresionado la primera ocasión que vió a Catalina en ese estado. Recordaba su relación de pequeños. Ella era su hermana mayor. Ambos, cuando jugaban, se comprendían a la perfección.

Catalina siempre había tenido un precioso pelo rubio. Su madre Margarita disfrutaba cada vez que se los peinaba, mientras le decía:

-Hija mía, has sacado lo único bueno de tu padre: el pelo rubio!

La luna iluminaba totalmente esa plazoleta. Las puntas de las rocas proyectaban bajo el sol su agudeza. Parecía que ya no llovería más, las nubes habían desaparecido. Fruto de la humedad, la niebla se extendía por todas partes. Las puntas de los árboles parecían bailar inmersas dentro de ese océano. Ante él había un árbol que ya había perdido las hojas, la niebla cubría de algodón su desnuda figura.

Robert había sido un gran amigo suyo. Juntos huían de la ciudad para ir de acampada. Cogían la tienda de campaña y subían a la sierra. Les gustaba mucho la Fuente de la Mano. Aquel era un lugar maravilloso donde daba la impresión de que el mundo se había acabado.

-Es nuestro paraíso! – Les gustaba llamarlo así. Había una gran cantidad de césped, coronada por muchos tréboles que ayudaban a aumentar el relieve del suelo. Las mariposas, en primavera, aleteaban sobre  aquella pequeña colina, dándole colorido al espectáculo. Junto a una gran roca había una fuente. De ella salía un considerable chorro, que en los años de fuertes lluvias, traspasaba un estanque , así el agua rociaba la hierba que crecía a los alrededores. Encima de la roca una vieja encina daba nombre a la fuente. Tenía cinco grandes ramas que nacían de un grueso tronco ensanchado. Era poco poblada en hojas, lo que contribuía a resaltar su forma tan especial.

En aquel lugar no pasaba nunca el tiempo. Escuchar el canto de los pájaros en la madrugada era una de las cosas que más les gustaba, así como observar con sus prismáticos.

Ambos habían estado muy unidos, especialmente en los años de su adolescencia.

-nada nos podrá separar! -juraban a la luz de las estrellas.
-Jaime no crees que somos diferentes al resto de la gente? -preguntaba Robert preocupado.
-No lo creo Robert. Lo dices porque siempre estamos de acampada? -preguntó Jaime confuso.
-Sí, por eso lo digo. No entiendo cómo la gente no disfruta como nosotros en un lugar como este. Desde que venimos nosotros no hemos visto a nadie! – Exclamaba Robert.

Siempre había disfrutado mucho de la amistad de Robert. Era un muchacho nacido el mismo año que él. Compañero suyo desde sexto de primaria, fue con él al bachillerato. Era un poco gordo, con una barriga voluminosa, motivo de risas para los niños de la calle. Pero su corazón era muy grande. Amaba todo lo que se podía amar. Observaba curiosamente todos los pequeños detalles del comportamiento de cada persona y luego la juzgaba. Siempre acababa excusando los defectos del chico o de la chica que examinaba.

Esta felicidad se perdió hace cuatro años. Robert y Jaime se encontraban en la Fuente de la Mano. Miraban, como de costumbre, las estrellas del cielo. Debido a la comodidad de la postura, Jaime no pudo resistir la tentación de cerrar los ojos y dormirse. El viento cálido pasaba por encima de sus cuerpos.

Comenzó a tener una especie de sueño. Veía a Robert dirigiéndose a la fuente. Era de noche. Los árboles se movían tranquilamente. Veía la fuente, pero Robert ya no estaba. El agua brillaba con un color distinto. Parecía tener miedo, tenía un tono rojo que se parecía a la sangre mezclada con agua.

De golpe se despertó. Robert no estaba a su lado. Salió corriendo hacia la Fuente. Una terrible sensación recorría su cuerpo. Al llegar, cerró los ojos. No podía creer lo que tenía delante. Robert yacía en el suelo con la cabeza dentro del agua. Se la levantó enseguida, pero ya era demasiado tarde. Había muerto, su gran corazón ya más nunca volvería a latir. Se había golpeado la cabeza en el estanque tras resbalar con la húmeda hierba del suelo.

Bajó deprisa al pueblo más cercano. Estaba a unos cuatro kilómetros. Subió en el coche de la Guardia Civil que se llevó el cuerpo.

Jaime quedó totalmente abatido. Tres muertes cercanas a su vida en tan poco tiempo eran excesivas, y más cuando se había enterado de ellas antes.

El silencio reinaba. Sólo algún pequeño insecto se atrevía a salir de su escondite para buscar algo de comer. Estaba muy fatigado. También le molestaba pensar. Por un rato dejó su mente en blanco. No pudo aguantar mucho tiempo así. A la mente le vinieron imágenes que no conocía. Un puente de madera se encontraba encima de un barranco. El viento lo llevaba de una punta a otra pero a pesar de todo parecía fuerte. Un vehículo pasaba por encima de él, era una moto, no. No lo veía claro. Parecía más bien un coche. Las imágenes eran difusas y confundían la figura. En la mitad del puente, el coche se hundía, en el centro, partiendo en dos el puente. El vehículo se estrelló en el barranco.

Abrió los ojos de golpe. Sería algún otro malo presentimiento. Loco de rabia, se fue de aquel lugar. No podía correr más, los pies, helados por la noche, tropezaban con las piedras del camino, provocándole un dolor a veces insoportable. ¿Quién sería la nueva víctima de sus intuiciones?¿ Podría avisarla? Eran preguntas que le rondaban por su cabeza. Intentaría avisarla para impedir que pasara aquello tan horroroso.

Llegó el coche. Las llaves estaban en la cerradura. Se le había olvidado quitarlas. Puso en marcha el vehículo, una agradable canción salía de la radio:

-No tardes James, te espera! No sé qué debo hacer yo sin ti-cantaba una voz femenina.

-No tardes James, te espero! mi vida no es nada sin ti. Seguía a ritmo de blues.

Jaime se tranquilizó un poco. Pensó en llegar a la ciudad cuanto antes pudiera. -Qué extraño! – Exclamó.

-Este puente estaba cortado, había una luz roja que así lo anunciaba.

Estos obreros del Ministerio nos sorprenden cada día más, en dos horas han arreglado el puente.

Decidió pasar por encima de él, era el camino más corto. La canción seguía sonando por la emisora:

-No tardes James, te espero! Muy cerca de mí tú has de estar.

Comienza a cruzar el puente, las maderas crujían, debido seguramente a la lluvia . La velocidad era reducida. Nunca le había gustado conducir imprudentemente.

De repente tuvo la sensación de perder el control del vehículo, el coche se precipitaba hacia el río sin poder hacer nada. Finalmente el puente se partía y el vehículo de Jaime se precipitaba en las rocas, causando un profundo chasquido, precedente de unas llamas que acabaron con su vida.

-No lo he podido avisar! -fueron sus últimas palabras.