“Revoloteo de alas” (1992)
A Xus y Arago, que también quieren volar
Siempre me había gustado mirar las estrellas. Era un gozo que había aprendido de niño cuando, de noche, abría las ventanas de par en par -fuera invierno o verano – y levantaba los ojos por encima de los tejados de los edificios de enfrente. Disfrutaba tranquilamente viendo las suaves bandeadas de los astros. Las intermitencias eran espectáculos ordenados, fieles a las leyes de la naturaleza que me eran permitidos admirar por decisión de los dioses. Se configuraban diversas formas extrañas que hablaban al espíritu. La palabra brotaba así de mi pensamiento. Me apetecía poner adjetivos a un montón de sensaciones y momentos vividos que me habían llenado el corazón de alegría. Asociaba momentáneamente ideas que, de vez en cuando, provocaban en mí una pequeña risita salida de los labios.
Temblaba si el viento chillaba entre las persianas de madera del vecindario. Me impacientaba porque tenía miedo. Temía ese ruido permanente de las noches del frío invierno donde, a pesar del extendido reinado de las estrellas, chirriaban aquellos demoníacos objetos. Metía la cabeza dentro las sábanas buscando el calor que emanaba del resto de mi cuerpo. Aislado del terror de esa noche, me deslizaba como una serpiente dentro de la cama. Quería encontrar ese mundo ideal que siempre había imaginado; aquel universo de paz y amor, de humanismo completo donde la luz siempre ganaba al mal. Eran momentos para recordar los ídolos infantiles de la época, los cantantes y actrices que amabas porque, tú y sólo tú, sabías que el mundo giraba. Y el pensamiento giraba y me llevaba, por la oscuridad de la cama, a volar haciendo círculos. Sacaba las alas y planeaba por el aire. Extendía las alas y gozaba de la tierra y del agua. El viento me llevaba por tierras lejanas y me gustaba. Veía pueblos y ciudades desconocidas, llenas de personas ajenas pero amigas, todo el mundo saludaba con la mano porque sabían que yo era bueno, que los quería de verdad, que habían sido creados para estar conmigo. Los bosques se fundían en el horizonte, dejando entrever afilados picos de donde nacían aguas cálidas que brotaban sin detenerse. Y la niebla subía y subía, jugando con la mirada que cada vez lo tenía más difícil para diferenciar las figuras concretas que vivían allí. Abría las alas y corría por el viento, planeaba por amplísimas galerías de aire y me precipitaba en el afecto. Quería expresar todos esos sentimientos para poder agasajar los momentos tiernos de la infancia, pero me costaba.
Yo mismo, caballero andante de aquel reino debajo de las sábanas, tenía miedo de lo que había fuera. Vivía en un hogar desconocido que no parecía acunar mis sufrimientos. Batía la espada contra el enemigo y éste no aparecía. Me protegía la cabeza con el yelmo dorado y dejaba caer por los hombros plumas de plata que ensalzaban mi figura, dándome seguridad en el conflicto que se acercaba. Defendería a mi Laura o Carmesina, Helena o Dulcinea; se sentiría plenamente segura de la fortaleza de su amado y, yo vengaría a su deshonor. Castigaría las ofensas recibidas fuera quien fuera el agresor. E iríamos después a mi castillo de bondad para crear un hogar ejemplar donde todos nuestros amigos tuvieran cabida. Seguiría una vida ordenada, modélica por la sociedad del momento. Eran los años setenta.
Oía los ronquidos de mis padres desde la habitación de al lado y dejaba de sufrir. Alguien estaba conmigo pero si algo me pasara,¿quién vendría por mí? Ellos dormían y yo sufría. Sufría por la soledad de la noche y que allá, muy, muy lejos, el umbral de la puerta dejaba entrever un oscuro pasillo. Y tenía miedo, me molestaba pensar qué había en el otro extremo de la oscuridad, qué había al otro extremo de la oscuridad, que podía haber, ¿qué haría yo para salvarme si me atacara una fiera de la noche?.
Conocía viejos monstruos que asustaban mi felicidad infantil. Yo era un niño reservado, observador y silencioso, tranquilo y pensativo, sensible por los nuevos acontecimientos sucedidos … Las fieras me acompañaban siempre para que no perdiera el camino de la fantasía. La imaginación con ellos no conocía límites ni fronteras. Teníamos aventuras fabulosas donde todos, bichos y humanos éramos amigos y, corríamos, brincabamos, saltábamos por los verdes prados que crecían en el valle. Montábamos crestas empinadas y bajábamos barrancos iluminados llenos de vida. Siempre había bichitos parlanchines: ¡qué griterío formaban los malditos en aquellos lugares! Todos corriendo y jugando a ser alguien diferente. Me divertía transformar el cuerpo en la figura de uno de mis pequeños amigos. Ver como el cuerpo y las piernas se fundían, dejando sólo, allá abajo, dos insignificantes piececitos que latían entre ellos incesantemente; me gustaba alargar los brazos hasta tocar la tierra con las manos, andar a cuatro patas y hacer crecer el pelo. Sentirme un ser de la naturaleza feroz, gritar y hacer ruidos encantadores que captasen la atención de nuevos compañeros de sueños y deseos.
Había también árboles frondosos pensativos con los que podía hablar de lo que quisiera, les hacía preguntas curiosas y directas de las cuales, a veces, enrojecían y no me contestaban. Eran tímidos y callados, pero querían a los niños ya que con ellos se desahogaban. Nos decían cómo habían nacido y por qué estaban allí. Habían venido desde muy lejos buscando alegria y con nosotros la habían encontrado. Les divertía mucho ver nuestros juegos alrededor de las cepas y se quejaban dulcemente si alguien de los que allí jugábamos -los bichos o los niños como yo- tropezaba tiernamente con la corteza de su tronco. Por el cielo revoloteaban otra vez, pájaros mágicos embrujados. Decían con voz chillona que huían de la noche y así nos habían encontrado. Y nosotros cantábamos melodiosas canciones que agradecían con sus bailes, provocando ráfagas de viento que enturbiaban nuestros cabellos …
… Porque me gustaba imaginar que nada real existía y, pensaba protegido por el roce de las telas de la cama. Tranquilamente, descubría a medias el rostro para volver a sentir el aire fresco en mi sensible naricita. Pero, de repente, sentía unas huellas escalofriante que me obligaban a volver a mi secreto escondite. Era necesaria una decisión urgente, organizar la defensa de mi desnudez. Pero acto seguido identificaba el paseo nocturno de alguno de mis hermanos, que peregrinaba por el corredor en busca del agua que calmara la sed de una pesada cena.
Así, con unas sencillas telas, podía evitar el miedo hacia un mundo desconocido que pronto debería conocer, porque quería ser mayor y no quedaba tanto, y el viento sonaba en la calle.
Parecía que nadie andara por la calle. El frío había hecho huir a los últimos peatones y se había apoderado de la ciudad en la oscuridad de una noche de invierno. Y yo quería ser mayor …